“La velocidad es un invento moderno que nos hace esclavos de las prisas”

Entrevista a Julio Villar, montañero, navegante, y conocedor de todos los caminos.

Nacido en San Sebastián en 1943, abandonó pronto los estudios para dedicarse a viajar y escalar montañas. Tras un grave accidente en el Annapurna, tuvo que dejar de lado la montaña, y se echó a la mar. Con 25 años, y sin apenas conocimientos náuticos, dio la vuelta al mundo en un velero de siete metros de eslora. Más tarde se hizo nómada, aunque de espíritu ya lo fuera mucho antes, y recorrió a pie Nepal, la India, Pakistán, Afganistán y otros muchos lugares que probablemente nunca aparecerán en los mapas, salvo para anunciar terremotos o desgracias terribles. Y de todas estas aventuras y experiencias vividas, nacieron sus dos libros: “¡Eh, Petrel! Cuaderno de un navegante solitario” y “Viaje a pie”. Ahora, a sus 74 años, como conocedor de la amplia biodiversidad de España, ofrece sus conocimientos como guía para hacer trekkings por los parajes más hermosos y menos conocidos de España, como siempre, con su peculiar punto de vista, y con su particular manera de viajar.

 

¿Cuál es la filosofía de tus travesías?

La misma filosofía que cuando voy solo. Aunque es cierto que cuando voy con gente procuro saber un poco más sobre el terreno. Me hago el recorrido semanas antes. Pero más que para encontrar sitios bonitos, para descartar sitios feos. En el último momento a veces cambio de plan. Siempre tengo en cuenta que la gente que viene no conozca el sitio que van a visitar. Intento buscar regiones que sean poco conocidas, donde no haya muchos excursionistas. Digamos que busco siempre zonas  un poco “intocadas”.

 

¿Qué te ha aportado el mar, la montaña…?

Son todo lo que yo siento y he sentido. Recuerdos, viejas tristezas, pequeños descubrimientos que me han enseñado a vivir. En este momento me siento más cerca de la tierra. La luz, los colores, los olores, las formas, los hombres ocupados cada uno en su oficio, el calor que desprende el desconocido que pasa, la ternura que me provocan los demás, cada uno en su soledad… La vida, la tierra, es una sintonía abigarrada, única, inimitable, sencilla, perfecta… sólo hay que abrir los ojos… y mirar. El mar es más grande, más fácil de perderse. La eternidad está siempre presente, como en la tierra, es verdad, pero con menos ropajes. El mar necesita una herramienta más compleja y perfecta y que te ata más: el barco.

La gente hoy en día se marcha a lugares lejanos para realizar travesías. Tú, en cambio, llevas a tus grupos por zonas como Teruel, Soria, Prepirineo… nunca fuera de España. ¿Por qué?

No me apetece. Sencillamente no me llama. Puede que sea también porque ya he conocido  todo lo que tenía que conocer allí afuera. Hay gente que tiene asignaturas pendientes. Yo en cierto modo no las tengo. Yo si voy a Teruel, no añoro el Himalaya porque en el Himalaya ya he estado. Y por eso irme con mi grupo a lugares como Asia no me gusta, me parece que es una agresión a aquel país, gastando dinero en un país de gente humilde, de gente pobre… no, no me gusta. Ahí prefiero ir yo solo, no con gente.

Y volviendo a España, digamos que prefiero ir a Teruel, Soria, Prepirineo porque son lo más conocido al Tibet nuestro. En cualquier escenario se pueden tener experiencias satisfactorias y con mayor independencia. Me pregunto qué diferencia hay entre las cosas aparentemente grandes y las pequeñas, si no es la que nosotros queramos inventarnos. Si no somos capaces de entender las pequeñas, ¿Cómo vamos a entender las verdaderamente “importantes”?

Entonces, a tu parecer, la biodiversidad de España es…

Increíble. Así es. Te aseguro que en toda Europa no hay ningún país que tenga más diversidad paisajística que España. Tiene zonas desiertas, selvas, bosques frondosos, incluso zonas erosionadas, es verdaderamente hermoso. Luego también, cuando voy por zonas como Teruel o Soria, encuentro muchos pueblos abandonados, escondidos entre montañas, incomunicadas completamente. Esos pueblos son mágicos. Es cierto que es un poco triste, porque están despoblados, pero  a su  vez también tienen su encanto. No sabría explicarlo.

¿Hoy en día, ha cambiado la filosofía de la gente a la hora de ir a la montaña?

Mucho. Mucha gente ahora acude a la montaña con la intención de superarse a sí mismo, de romper récords, tiempos, cronos, como un acto de competición. Ves a gente corriendo por la montaña, competiciones de bici… Hay quien intenta hacer los  14 ochomiles,  los 325 tresmiles del pirineo… Como si se tratase de llegar a la cima, tachar lista y decir, “¿Cuál sigue?”.

Esas personas son deportistas, y respeto lo que hacen, pero no lo comparto. A mi parecer  la montaña es mucho más que un deporte. Puede ser una filosofía, puede ser poesía, para cada uno puede ser una cosa distinta. Pero si tú eres simplemente un deportista, pues eres un “machaca” y vas corriendo, subes a la cima y para las 11 de la mañana ya estás en casa. Y es una pena, porque tan sólo te centras en la meta y te olvidas de la propia travesía. El fin, el objetivo,  no es la meta, sino el proceso del camino.

¿Es muy diferente el Julio de antes con el Julio de ahora?

No te creas, son bastante iguales. Es cierto que ya no soy aquel alpinista, montañista, navegante… que una vez fui, o el que empecé a ser. Ahora no soy más que un hombrecillo que viaja a pie, que trepa por una arista no muy fácil ni muy difícil, que toma un café con leche en el pueblo al que llega caminando, que habla con el pastor… He ido evolucionando pero muy poco a poco. Ahora hago cosas que antes no hacía y que a lo mejor en mi juventud menospreciaría.

¿Por ejemplo?

El ir al monte tranquilo, ser guía…  Antes me gustaba escalar y hacer cosas muy difíciles, ahora ya no me llama la atención. En parte también porque no puedo, todo hay que decirlo – ríe-. Tengo 72 años y evidentemente ya no tengo las facultades de entonces. Es un poco diferente. Es la sabiduría, yo creo. La sabiduría de aceptar lo que hay. Pero no te creas que ya estoy viejo, de espíritu sigo siendo joven, ¡Estoy disfrutando como un tonto!

¿El hecho de caminar que te ha aportado a nivel de conocimiento de uno mismo?

Mucho. El saber estar, esa lentitud y esa tranquilidad de saber que no tienes ni calendario ni horario. Esa libertad. He aprendido mucho del tiempo, del caminar, de la lentitud. Cuanto más lentos, más lejos iremos: el que va lento es dueño de su tiempo y siempre está en su sitio. La lentitud hay que entenderla, saborearla, saberla vivir. La velocidad es un invento moderno y nos hace esclavos de las prisas. Cuando vas caminando la cabeza está funcionando, hace camino junto a ti.  A veces llegas al final de las ideas, y otras veces tienes la mente vacía; y también es muy agradable. Sinceramente, yo creo que cualquier persona debería de hacerse de vez en cuando el regalito de estar solo un tiempo, solo consigo mismo, ya sea caminando o navegando.

¿Puede convertirse  esa soledad de la que tú hablas y tanto buscas, en un arma de doble filo?

La soledad, si tú la has elegido, es buena. Claro, si vives en el quinto piso de un edificio y te sientes solo, esa no es la misma soledad. Si es cierto que a veces esa misma soledad que yo mismo he elegido me ha entristecido. Pero pocas veces, en pequeños momentos. Nunca me ha molestado. Siempre me ha enriquecido. La soledad me ha dado cariño, comprensión hacia los demás. Cariño y ternura hacia mí mismo y saber que… sólo soy un hombrecito que a veces hace tonterías. Momentos bellos, intimidad, cientos de noches de armonía. Deseos de compañía y… fuerza y recursos para estar solo… y de vez en cuando, me ha hecho sentirme ciudadano del mundo.

Pero tampoco quisiera ser ermitaño. Un ermitaño que está todo el tiempo solo, es una persona que termina incompleta y loca. En mi opinión hay que equilibrarlo un poco.

En una entrevista en el Escarabajo verde reivindicas el paisaje como concepto. Hoy en día al concepto de “estar conectado” se le llama a estar en el mundo on-line y y de las redes de internet.

Así es, y es triste. Hemos perdido el contacto con la tierra. Ya nos estamos conectados con  ella. No nos enteramos si es primavera, si es verano, más que si lo dice El Corte Inglés. No nos enteramos si la luna está creciendo, decreciendo… Desde que perdimos las raíces rurales, que ya no existen, somos urbanos. Incuso la propia conexión con la gente, ya que el Internet te acerca a los que están lejos, pero también te aleja de los que están al lado tuyo.

¿Qué es lo que más valoras de la vida?

Antes, lo que más valoraba era mi independencia. Ahora, mi relación con los demás, sobre todo con los que están cerca, mis amigos. La independencia no tiene fórmula. Antes, cuando la perseguía tenazmente, llegó a obsesionarme, a tiranizarme y me parecía algo inalcanzable, un estado de gracia elevadísimo, una meta rotunda y absoluta. Hoy, la veo como una cosa más sencilla, más frágil, igual de importante, pero no me obsesiona, convivo con ella sin problemas y no me molesta extraviarla con frecuencia. La libertad reposada y madura es menos dolorosa que la libertad vigorosa y guerrera de los jóvenes. Además, la libertad la tiene quien menos te lo esperas. En cuanto a mi relación con los demás, me ayuda a vivir, es un intercambio inconsciente, contagioso. Nos ayudamos, nos ayuda a enriquecernos. Nuestra vida con los demás es la única asignatura que debemos aprobar. Un ermitaño no es perfecto, ni un solitario, ni los genios. La vida aislada es una vida estéril.

¿Cuál es el precio de tu viaje en libertad por la vida?

Hay que pagar un precio por tener las cosas y otro por no tenerlas. Puedes viajar en la vida y en el espacio con mucho tiempo y poco dinero o al revés. Es una elección: ser libre con el precio de la libertad o venderla a cambio de otras cosas. Cada cuál debe escoger. Mucha gente dice envidiarme, pero no se pondrían en mi lugar.

¿Y ahora? ¿Sigues siendo libre?

Ahora es más complicado, porque quieras que no estoy atado a mi familia. Ahora mismo considero que soy una persona normal, siempre lo he sido. Una persona normal que está atada, si, pero hasta cierto punto. Porque la vida interior sigue, y yo sigo de viaje.

 

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