Aralar (Día 2 y 3)

Día 2. Irumugarrieta & Compañía inesperada

Me despierto sudando. El sol lleva golpeando sin piedad desde hace unas horas, parece que se ha levantado con ganas de guerra. Mi tienda parece una jaima en mitad del Sáhara, con el calor que se ha acumulado, estar dentro de ella es como estar en una sauna  a 50 grados y con abrigo de forro polar. Raudo y veloz, me quito el saco y salgo de la tienda. Miro en el móvil la hora, son las 10 de la mañana. Para mi sorpresa, ya hay bastante movimiento; diversos grupos de montañeros aparecen y desaparecen en el camino de Igaratza, cada uno a su ritmo, cada uno con una meta a la que llegar. Mientras desayuno mis galletas con leche condensada, los observo. Termino de desayunar y recojo la tienda, meto todo en la mochila y lleno las botellas en la fuente que hay al lado del refugio. Es hora de ponerse en marcha.

Mi objetivo es subir Irumugarrieta, y luego, ya se verá. Como se suele decir, lo que tenga que ser, será. En el camino me encuentro con varios monumentos megalíticos y lagunas. Tras cruzar el collado de Trikuharri, el camino discurre hacia la izquierda para evitar una amplia dolina. La senda se convierte en un paso de lapiaces, por lo que hay que andar con ojo buscando las balizas rojas para no perderse. Tras una media hora de ascensión, llego a la cumbre de Irumugarrieta. En la cima sólo hay dos personas. Es raro, Irumugarrieta es de los picos más famosos de Aralar, y una de las cimas que más se sube, normalmente suele estar abarrotado. Me subo al vértice geodésico y contemplo el paisaje, que ofrece una amplia panorámica en todas las direcciones. Desde allí se puede ver todo, desde la cordillera Ibérica hasta el Pirineo, Baztan… Desde donde estoy, las Malloas se ven preciosas, con sus bellísimos bosques de hayas y verdes prados.

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 Al rato llegan dos grupos. Por un lado, dos familias con una tropa de niños, que llegan a la cima casi corriendo, con la inagotable energía propia de esa edad. Por otro, dos parejas de aproximadamente sesenta años. Una vez asentados, comienzan a prepararse sus respectivos bocadillos y a mí, al ver la comida, como si de un acto reflejo se tratara, me invade el hambre. La cima de Irumugarrieta se convierte en un campamento: la gente charla con el de al lado mientras come, los niños juegan a la competición de ver quién es capaz de hablar el que más alto, y yo, en medio de toda aquella jovial algarabía, escucho divertido mientras me como mi bocata de jamón serrano y queso.

No sé cuánto tiempo exactamente me quedo allí arriba, pero estoy seguro de que no menos de 3 horas. Estoy a gusto, he entablado conversación con la pareja de mayores, y tratamos de adivinar cual es cada cima. Un padre del otro grupo que está al lado nos escucha, y como ve que no damos una, nos comienza a explicar, señalando con el dedo y diciéndonos el nombre del pico. Nos dice por lo menos 30 cimas, mostrando  un conocimiento de la montaña envidiable. A su lado, mi conocimiento de montaña es como Aznar hablando inglés, por mucho acento americano que le ponga, si no me sé los nombres, no sirve de nada.

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Los dos grupos se marchan a la vez, y media hora después, lo hago yo. En vez de descender por donde he venido, decido ir por la cordillera, bordeando la línea del precipicio. Por un camino de piedras, avanzo por una senda que sube y baja hasta llegar a una zona con una valla electrificada que me llega hasta un poco más arriba de las rodillas. Allí descubro a una pareja observando el barranco, y charlamos durante un rato. Según me cuentan, sse dedican al pastoreo y suben todos los días para vigilar las ovejas, y me explican el objetivo de poner la valla electrificada: que las ovejas no se precipiten a una caída de más de mil metros. Cuando les cuento que tengo la intención de pasar la noche aquí, les pregunto por algún sitio bonito, y me dicen que el Txameni es un monte cercano con muy buenas vistas, me lo señalan con el dedo. Es una cima que se erige solitaria, con una cumbre plana perfecta para acampar. Les doy las gracias y me cargo la mochila a la espalda, determinado a subir el Txameni. Me dicen que me dé prisa, que a la madrugada ha habido cambio de hora (no tenía ni idea) y anochecerá a eso de las siete. Asiento, les doy las gracias de nuevo y me despido.

Cuando llego al Txameni, el sol está a punto de desaparecer tras las montañas. Aprovechando los últimos momentos de luz, monto la tienda y preparo la cena en el camping gas: espaguetis a la carbonara, para variar. Me despido del sol, que termina finalmente de esconderse tras las líneas de las oscuras montañas que se dibujan en el horizonte. Me pongo la chamarra, me meto en el saco, y con la ayuda de mi linterna frontal, me tomo una deliciosa cena, en muy buena compañía, por cierto. No lo he mencionado, pero por fortuna o por desgracia, estoy acompañado por un pequeño grupo de caballos. Me he puesto lo más alejado de ellos, para no asustarlos, pero ha resultado al contrario, miedo ninguno, con el aroma que han desprendido los espaguetis, unos pocos se han acercado a ver que se cuece, casi parece que quieren sentarse conmigo a cenar. Tras un rato observándolos me meto en la tienda para dormir, rezando para que ningún caballo curioso se acerque a husmear en la oscuridad de la noche y me pise la cabeza sin darse cuenta.

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Dia 3. Despedida colorida

Al igual que el día anterior, el calor me despierta. El sol, literal y metafóricamente, está “on fire”. Dentro de la tienda tengo más calor que Falete escalando el Teide en julio, así que, también como el día anterior, salgo a todo correr. Desayuno idéntico, leche condensada y galletas, acompañado del poco agua que me queda. Tengo que llegar hasta Lekunberri con lo que tengo en la botella, así que habrá que dosificar. Recojo la tienda y lo meto todo en la mochila. Una vez que tengo todo dispuesto, me pongo en marcha. La ruta es sencilla, lo único que me queda hoy es bajar hasta llegar a Lekunberri, en donde cogeré el bus de vuelta a Donostia.

Una vez desciendo a la explanada, camino durante una hora en llano, hasta adentrarme en un inmenso bosque de hayedos. Si el bosquecillo de la subida de minas me daba la bienvenida a Aralar, éste me dice adiós. Camino durante un buen rato acompañado de estos altos hayedos, con un manto de colores sobre mí. Hoy no sopla el viento, ni caen hojas cuando paso, pero el paisaje que me ofrece Aralar a modo de despedida es más bonito si cabe que el que me dio al llegar. Finalmente, el caminito de piedras y tierra concluye y llego a una carretera asfaltada. Allí, pruebo suerte a hacer autostop, y poco antes de llegar a Baraibar, una pareja de Donostia me recoge. Es hora de volver a la civilización, de pegarme una buena ducha y de volver al día a día. Pero en el trayecto, mirando por la ventana, no puedo evitar pensar en todo lo que he vivido, y en todo lo que he dejado atrás.

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Camino a Lekunberri

Os dejo con un video-montaje que hice de las fotografías más bonitas de Aralar.

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